Cada vez que lo pienso se me hace más evidente, y es que creo que soy adicto al trabajo. Déjenme explicarles. No soy de los que se entusiasman madrugando y se asoman a la ventana cada mañana saludando al vecindario como en un anuncio malo de descafeinado de bote. No amigos, apuro hasta el último minuto de sueño que en mi caso es tan ligero que mis propias ventosidades nocturnas llegan a despertarme. De hecho sólo necesito quince minutos para saltar de la cama, vestirme, lavarme los dientes y comprobar que ninguna legaña alcance dimensiones lo suficientemente considerables como para tapar parcialmente la visión de un ojo.
A diario siempre encuentro a la misma gente en el mismo tramo del trayecto a la oficina: mi óptico-optometrista que siempre me saluda a pesar de que llevo años sin graduarme las gafas, la rubia teñidísima del supermercado que siendo bastante mona no parece entender el potencial de las mechas y transparencias en el pelo, la morena seria de gafas de sol que escupiría a mi paso y que ha de ser friolera porque aunque hace calor todavía no se ha deshecho de su cazadora vaquera, y una tipa de mirada fría que me hiela la sangre y es que no puedo sino pensar en ella en el interior de un uniforme del ejercito rojo, gritando, sosteniendo un plátano y escupiéndome a la voz de "¡camarrada malo, camarrada malo!". Con esta señora entrada en años comparto el mismo miedo irracional que con las arañas y el "aula G", que algunos de mis ex-compañeros de oficinan llegaron a apodar "la escombrera" y que todavía visitamos en parejas para poder buscar auxilio en caso de incidente. Un día cualquiera encontraré a Bill Murray en la calle cubriendo el Día de la Marmota y sólo me quedará montar en globo y jugar al póker con un mandril para expirar en paz.
Después de trabajar sin descanso y sin apartar la mirada un momento ni tan siquiera para visitar el último porno de Slashdot, Barrapunto o Faq-mac, regreso a casa para encontrar un sentimiento de vacío absurdo que me empuja otra vez a la oficina, a mis diseños y a la tensión que parezco amar a la vez que aborrezco. Y es que me estoy convirtiendo en un workahólico que hace llorar a Rainman y que pasa tanto tiempo en el trabajo que ya casi extraña su silla con olor a pedo, su X-Wing fabricado con folios sucios y cinta adhesiva, y la agenda repleta de dibujos de "pollicas".
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juliooo
| 23/05/2005 (23:50)
muy bueno tio... tan real como un chocho
GaBuBu
| 24/05/2005 (09:39)
Havoc,havoc! son los calores y el verano q llega!
Ozores
| 24/05/2005 (16:30)
La culpa es de las madres que las visten como putas